ABRE LA ALBOROZA: LA GALERÍA DE ARTE DE SERGIO ROGGERONE

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En su casa y taller, el artista comparte un espacio destinado a exponer una selección de sus pinturas que es a la vez un abanico de técnicas antiguas, un vergel imaginario y un hallazgo de manuscritos europeos, caligrafías, papeles y tesoros -incluidas las palabras de la poeta Claudia Bertini-, que acompañan el recorrido inicial.  

La sotana negra que compró en un mercado de Grecia, propia de un monje, es la que busca cuando accede al juego de la fotografía. Vestido de jogging gris y con una remera negra, Sergio Roggerone aparece detrás de un gran portón de otro tiempo. Sus plantas crean jardines perfumados, sus muros distancias con el exterior y su casa barroca, un museo de objetos reunidos durante sus viajes físicos y virtuales, incluido un inmenso mueble de farmacia que compró a distancia y que data del 1900. Allí, con las vitrinas iluminadas, conserva y toma los libros que muchas veces se cuelan por la narrativa de sus pinturas.

Cuando decidió dejar Vistalba como lugar de residencia, buscó lo que encontró por entonces, tiempo antes, en aquel distrito de Luján: silencio. A la localidad agrícola de Chachingo, en Maipú, se mudó en 1999 junto a su esposa Marina Ferrary Day y su hija Francesca, y lo que describe de ese paisaje no se parece en nada a la fisonomía actual. «Esto eran sólo viñedos y un sitio de una paz absoluta, por eso ya estoy buscando a dónde irme», dice el artista con una expresión a la vez seria y jocosa, sentado a una silla antigua en su imponente taller de La Alboroza, su hogar, su atelier y ahora también el espacio donde celebra la apertura de una galería de arte.

Por primera vez en treinta años que lleva vinculado a la pintura, el creador -tan estudioso como autodidacta- dejará que mendocinos y turistas se acerquen a sus obras en el prisma rectangular de entero blanco que diseñó y en el que expone, actualmente, «El jardín pretérito», una muestra que reúne sus trabajos del último tiempo (2018-2019) y a la vez un racconto botánico sobre manuscritos del siglo XV y XVII, que exhibe entre pinturas, collages, objetos y el tono poético que lo moviliza: «retomar la última forma de hacer arte antes de la aparición del celular y la computadora, incluida una obra de arte plumario, una técnica en desuso y precolombina, originaria de los pueblos aztecas de México».

Lo que abre Sergio Roggerone no es su casa ni su taller, aclara, sino la galería de arte, que luego de una inauguración para invitados, puede ser recorrida con cita previa.

¿El silencio es importante para tu trabajo?

El silencio es una condición para la concentración, para la pintura, para alinearte con la información que te baja para encarar la obra. El ruido y la gente no te dejan trabajar, por eso estoy tan en contra a veces de las modas del arte en vivo, que me parece una ridiculez absoluta. Los pintores somos pintores, no actores, y la pintura es un acto de absoluta intimidad.

¿Cómo surgió esta última serie? ¿En qué te basaste para abordarla y qué lugar ocupa el estudio y la investigación en tu producción artística?

Esta exposición está vinculada a mi estudio de la naturaleza y de técnicas antiguas: hay plumas que he recolectado de distintos lugares del mundo, alas de mariposas, está la escritura, la caligrafía inglesa y arábiga, y es de algún modo un relato sobre la vida y la muerte de un jardín imaginario que pinté. Toda mi carrera ha estado basada en el estudio. He investigado sobre las técnicas de distintas culturas, porque para mí la base es el conocimiento, sino la obra no tiene sustento teórico ni artístico y se desmorona con el tiempo o con la crítica.

¿Por qué decidiste abrir una galería de arte en tu casa?

Las intenciones de tener un espacio propio surgen del hartazgo que tengo hacia los gobiernos, donde cada vez que fui en busca de un espacio público no había luces, ni pintura y debía salir yo a gestionarlo. Remé mucho con eso hasta que me di cuenta que lo mejor era ahorrar para hacer mi propio lugar, donde cada vez que deseo puedo hacer una exposición y no sólo eso, también invitar a la gente que quiero. Hace cuatro años que no hago una muestra en este espacio, que antes estaba abierto sólo para invitados. Es que estuve con el proyecto de Andes Origen, de pintura en azulejos del artista francés Jean Jullien, también obras para privados y lo próximo es una reunión con una galería en Fort Lauderdale y con otra en New York.

¿Cómo es un día en tu taller?

Me levanto tarde, tipo diez, trabajo por la mañana en mi computadora respondiendo mails y desde el mediodía me enfoco en mis pinturas hasta las tres o cuatro de la mañana, todos los días. Suelo poner música de fondo: clásica, barroca, Buddha Bar… Ahora estoy tan a contrarreloj que ya ni sé qué escucho. Mirá, esta es una obra de arte plumario que hice en el 2010. Este es un catálogo que encontré de casualidad. He pintado mucho afuera y he vivido en Italia, por lo que mis obras están en distintos países.

¿Cuántos años llevás vinculado al arte de manera profesional?

Treinta y dos.

¿Y qué has aprendido en este tiempo sobre el panorama local?

Que Mendoza es un lugar geográfico interesante, que hay pocos artistas y que hay mucha confusión con aquellos que no lo son. El periodismo a veces confunde y hay personas que no tienen sustento teórico, práctica ni técnica. Lo que más hice en Mendoza fue estudiar y en una época fue la escultura de la mano de una gran artista: Selva Vega. Una vez me dijo que la pintura necesita por lo menos veinte años para ser aprendida, a diferencia de la música, donde existe la precocidad. Un niño puede tocar el violín a los siete años como un capo, y un pintor necesita de la práctica, de mirar, volver a mirar y volver a practicar. Creo que faltan voces autorizadas en materia de arte y que hay museos acéfalos, entonces el artista es muchas veces validado por las bodegas.

¿Qué convierte a una persona en artista?

El talento, el estudio, el empuje y el saber cómo moverse. Si no sabe autogestionarse, un artista puede ser descubierto en el futuro, pero también no.

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