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De la gloria en Europa al fracaso en la Argentina, la particular historia de los primeros autos nacionales

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El ingeniero Horacio Anasagasti fue el primero en fabricar autos en el país. Compitió y ganó competencias en Europa como demostración de confiabilidad, pero aquí la empresa duró poco: acumuló deudas de sus clientes y sucumbió ante la falta de materia prima

No fueron General Motors, Ford ni alguna de las europeas, Renault, Peugeot o Fiat. El primer auto producido en la Argentina llevó el sello, nada menos, de una marca nacional. Aquella cruzada fundacional de la industria automotriz local tuvo como ideólogo al ingeniero Horacio Anasagasti, fundador de Anasagasti y Cía. Ingenieros Mecánicos, firma que podría catalogarse como el prólogo de una historia que luego se desarrolló pujante a la par de las grandes automotrices del planeta.

Hijo de una familia acaudalada de origen vasco, y egresado de la Universidad de Buenos Aires, Horacio Anasagasti contó con la posibilidad de conocer desde chico a los primeros autos que llegaban al país luego de 1887. Aquellas apariciones iniciales, un triciclo francés De Dion Bouton, un Daimler monocilíndrico, o un Holsman americano, estuvieron destinadas exclusivamente a la aristocracia nacional. Durante su etapa universitaria, Anasagasti además tuvo como docente al prestigioso Otto Krause, clave en su formación: apenas pasados los 20 años, Anasagasti ya era uno de los mayores conocedores en materia de autos del país.

La empresa Horacio Anasagasti y Cía. Ingenieros Mecánicos enstaba en Avenida Alvear al 1600 (hoy Libertador). Foto: Classic Cars Argentina

La empresa Horacio Anasagasti y Cía. Ingenieros Mecánicos enstaba en Avenida Alvear al 1600 (hoy Libertador). Foto: Classic Cars Argentina

La idea de montar una línea de fabricación local siempre estuvo en consideración de Anasagasti. Para ello, a principios de siglo decide emprender un viaje a Italia para perfeccionarse en la empresa Isotta Fraschini, de Milán. A su regreso forma una sociedad con Ricardo Travers y José Gálvez para la representación local de Isotta Fraschini y de las marcas francesas Gregoire y Gobron-Brillie.

 

Además de autos, aquella firma comercializaba llantas con radios de madera marca Stepney, un dispositivo para inflar los neumáticos con ayuda de los gases de escape y demás repuestos. La empresa ya contaba con 10 obreros y disponía de modernas instalaciones para fundir bronce y aluminio. Pero la prioridad de Anasagasti seguía siendo poder montar sus propios autos nacionales.

Para el carrozado de los vehículos, Anasagasti disponía de una sección destinada a los trabajos de carpintería, chapa y pintura. Foto: Fuerza Aérea Argentina

Para el carrozado de los vehículos, Anasagasti disponía de una sección destinada a los trabajos de carpintería, chapa y pintura. Foto: Fuerza Aérea Argentina

En 1909 abandona a sus socios y emprende el camino de constructor: levanta una fábrica sobre la entonces Avenida Alvear al 1600 (hoy Libertador) y allí funda la empresa Horacio Anasagasti y Cía. Ingenieros Mecánicos. El proyecto contemplaba importar componentes de Italia y Francia y empezar a ensamblar los modelos en aquella fábrica. Luego esas piezas se irían reemplazando con insumos nacionales. El taller contaba con todas las maquinarias necesarias para el armado de autos, y para el carrozado de los vehículos, por ejemplo, disponía de una sección destinada a los trabajos de carpintería, chapa y pintura. En la Exposición Internacional de Ferrocarriles y Transportes Terrestres realizada en Buenos Aires en 1910, la empresa Anasagasti y Cía. Ya logró mostrar algunos de los componentes para autos producidos en su fábrica, entre ellos una caja de velocidades de cuatro marchas y retroceso y un motor de cuatro cilindros en línea de diseño y construcción propia.

En 1912 la firma ya ofrecía sus autos con dos versiones de motor: uno de 12 HP y otro Sport, de 15 HP. Foto: Classic Cars Argentina

En 1912 la firma ya ofrecía sus autos con dos versiones de motor: uno de 12 HP y otro Sport, de 15 HP. Foto: Classic Cars Argentina

Tras un nuevo viaje a Europa para conseguir posibles proveedores del auto que se construía en Argentina, en julio de 1911 sale el primer prototipo de la planta en Buenos Aires, con motor francés y carrocería local. Lo presentan en la ya tradicional carrera Rosario-Córdoba-Rosario, donde Anasagasti se inscribió con el seudónimo de Samurai. A pesar de algunos problemas mecánicos, terminó al frente de la clasificación general.

Pero había otro desafío en la mente del ingeniero emprendedor: demostrar que sus autos eran tan confiables como los europeos. Entonces viaja nuevamente a Europa para participar de las principales carreras de turismo. La más exigente por entonces era el Tour de France, con un recorrido de 5.500 kilómetros. Allí, tres de sus autos con motores de 15 HP fueron conducidos por el ingeniero inglés Brown (se lo conocía así), el Marqués D’Avaray y Jacques Repousseau: finalizaron entre los primeros puestos y superaron a marcas europeas y norteamericanas. Entre 1912 y 1913 continúa con la excursión europea y participa en diversas competencias: gana la París-Madrid, de 1.515 kilómetros.

Sólo sobrevivieron dos ejemplares: uno lo tiene la Fuerza Aérea luego de que Anasagasti se lo donara directamente a Jorge Newbery, en 1912. Foto: Fuerza Aérea Argentina

Sólo sobrevivieron dos ejemplares: uno lo tiene la Fuerza Aérea luego de que Anasagasti se lo donara directamente a Jorge Newbery, en 1912. Foto: Fuerza Aérea Argentina

Con el envión de los éxitos deportivos conseguidos en el Viejo Continente, al regreso Anasagasti prepara la presentación al público de sus vehículos. Para enero de 1912 ya ofrecía sus autos con dos versiones de motor: uno de 12 HP y otro Sport, de 15 HP. Las carrocerías, por su parte, estaban disponibles en las versiones Doble Phaeton y Landaulet. Al tener el comando de la caja de velocidades y el freno de accionamiento manual en el lado derecho, las carrocerías sólo contaban con una puerta en el lado izquierdo. El precio base para los modelos con motor de 12 HP eran de 6.500 pesos y podían ser financiados íntegramente mediante un plan de cuotas de 200 pesos.

El Anasagasti demostró ser igual de confiable que los modelos europeos. Foto: Fuerza Aérea Argentina

El Anasagasti demostró ser igual de confiable que los modelos europeos. Foto: Fuerza Aérea Argentina

A pesar de la campaña de marketing solidificada a partir de los triunfos europeos, aquel pretencioso plan de financiación no dio los resultados esperados: muchos clientes dejaron de pagar sus cuotas y a la firma se le hizo difícil la cobranza de los autos entregados. Y, por otra parte, la confiabilidad ganada en las competencias no alcanzaban a compensar la preferencia del público local por los productos europeos. Los prejuicios de la época jugaron en contra de los Anasagasti, que si bien eran más baratos e igualmente confiables, no atraían a los compradores tanto como los modelos importados.

El inicio de la Primera Guerra Mundial también fue crucial para la firma pionera: empezó a quedarse sin insumos porque se cortó la cadena de envíos desde Europa y aquí no había materia prima para reemplazar esos componentes. Jaqueada por el destino, en 1915, luego de haber fabricado unos 50 vehículos, Anasagasti cerró sus puertas. Los empleados ofrecieron continuar trabajando, aun sin cobrar sus sueldos, para que la firma pudiera mantenerse, pero el ingeniero se negó y dio por terminada la aventura industrial. Por entonces Anasagasti tenía sólo 35 años.

La firma cerró en 1915, jaqueada por las deudas de los clientes y la falta de material prima.

La firma cerró en 1915, jaqueada por las deudas de los clientes y la falta de material prima.

La mayoría de las unidades vendidas terminó usándose como taxis en la Ciudad de Buenos Aires. Y de toda la producción de la empresa, sólo sobrevivieron dos ejemplares. Uno lo tiene el Club de Automóviles Clásicos de Argentina y el otro pertenece a la Fuerza Aérea Argentina, luego de que Anasagasti se lo donara directamente a Jorge Newbery, en 1912, con motivo de la inauguración de la Escuela de Aviación Militar.

La aventura de Anasagasti en la industria automotriz fue solo el primer capítulo de varios otros impregnados de tesón y audacia, pero mayormente con éxito efímero.

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